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SOR MARIA FAUSTINA SU CANONIZACIÓN (Domingo 30 de abril de 2000) |
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2. ¡Sangre y agua! Nuestro pensamiento va al testimonio del evangelista san Juan, quien, cuando un soldado traspasó con su lanza el costado de Cristo en el Calvario, vio salir "sangre y agua" (Jn 19, 34). Y si la sangre evoca el sacrificio de la cruz y el don eucarístico, el agua, en la simbología joánica, no sólo recuerda el bautismo, sino también el don del Espíritu Santo (cf. Jn 3, 5; 4, 14; 7, 37-39). La misericordia divina llega a los hombres a través del corazón de Cristo crucificado: "Hija mía, di que soy el Amor y la Misericordia en persona", pedirá Jesús a sor Faustina (Diario, p. 374). Cristo derrama esta misericordia sobre la humanidad mediante el envío del Espíritu que, en la Trinidad, es la Persona-Amor. Y ¿acaso no es la misericordia un "segundo nombre" del amor (cf. Dives in misericordia, 7), entendido en su aspecto más profundo y tierno, en su actitud de aliviar cualquier necesidad, sobre todo en su inmensa capacidad de perdón? Hoy es
verdaderamente grande mi alegría al proponer a toda la Iglesia, como
don de Dios a nuestro tiempo, la vida y el testimonio de sor
Faustina Kowalska. La divina Providencia unió completamente la vida
de esta humilde hija de Polonia a la historia del siglo XX, el siglo
que acaba de terminar. En efecto, entre la primera y la segunda
guerra mundial, Cristo le confió su mensaje de misericordia. Quienes
recuerdan, quienes fueron testigos y participaron en los hechos de
aquellos años y en los horribles sufrimientos que produjeron a
millones de hombres, saben bien cuán necesario era el mensaje de la
misericordia.
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Jesús dijo a sor Faustina: "La humanidad no encontrará paz hasta que no se dirija con confianza a la misericordia divina" (Diario, p. 132). A través de la obra de la religiosa polaca, este mensaje se ha vinculado para siempre al siglo XX, último del segundo milenio y puente hacia el tercero. No es un mensaje nuevo, pero se puede considerar un don de iluminación especial, que nos ayuda a revivir más intensamente el evangelio de la Pascua, para ofrecerlo como un rayo de luz a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. 3. ¿Qué nos
depararán los próximos años? ¿Cómo será el futuro del hombre en la
tierra? No podemos saberlo. Sin embargo, es cierto que, además de
los nuevos progresos, no faltarán, por desgracia, experiencias
dolorosas. Pero la luz de la misericordia divina, que el Señor quiso
volver a entregar al mundo mediante el carisma de sor Faustina,
iluminará el camino de los hombres del tercer milenio. |
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5. La canonización de sor Faustina tiene una elocuencia particular:
con este acto quiero transmitir hoy este mensaje al nuevo milenio.
Lo transmito a todos los hombres para que aprendan a conocer cada
vez mejor el verdadero rostro de Dios y el verdadero rostro de los
hermanos.El amor a Dios y el amor a los hermanos son efectivamente inseparables, como nos lo ha recordado la primera carta del apóstol san Juan: "En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos" (1 Jn 5, 2). El Apóstol nos recuerda aquí la verdad del amor, indicándonos que su medida y su criterio radican en la observancia de los mandamientos. En efecto, no es fácil amar con un amor profundo, constituido por una entrega auténtica de sí. Este amor se aprende sólo en la escuela de Dios, al calor de su caridad. Fijando nuestra mirada en él, sintonizándonos con su corazón de Padre, llegamos a ser capaces de mirar a nuestros hermanos con ojos nuevos, con una actitud de gratuidad y comunión, de generosidad y perdón. ¡Todo esto es misericordia! En la medida en que la humanidad aprenda el secreto de esta mirada misericordiosa, será posible realizar el cuadro ideal propuesto por la primera lectura: "En el grupo de los creyentes, todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía" (Hch 4, 32). Aquí la misericordia del corazón se convirtió también en estilo de relaciones, en proyecto de comunidad y en comunión de bienes. Aquí florecieron las "obras de misericordia", espirituales y corporales. Aquí la misericordia se transformó en hacerse concretamente "prójimo" de los hermanos más indigentes.
6. Sor Faustina
Kowalska dejó escrito en su Diario: "Experimento un dolor tremendo
cuando observo los sufrimientos del prójimo. Todos los dolores del
prójimo repercuten en mi corazón; llevo en mi corazón sus angustias,
de modo que me destruyen también físicamente. Desearía que todos los
dolores recayeran sobre mí, para aliviar al prójimo" (p. 365).
¡Hasta ese punto de comunión lleva el amor cuando se mide según el
amor a Dios!
7. Este mensaje consolador se dirige sobre todo a quienes, afligidos
por una prueba particularmente dura o abrumados por el peso de los
pecados cometidos, han perdido la confianza en la vida y han sentido
la tentación de caer en la desesperación. A ellos se presenta el
rostro dulce de Cristo y hasta ellos llegan los haces de luz que
parten de su corazón e iluminan, calientan, señalan el camino e
infunden esperanza. ¡A cuántas almas ha consolado ya la invocación
"Jesús, en ti confío", que la Providencia sugirió a través de sor
Faustina! Este sencillo acto de abandono a Jesús disipa las nubes
más densas e introduce un rayo de luz en la vida de cada uno.
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